Nº7. Extracto, en referencia a la FTRE, de Miguel Amorós (Conferencia dada en la Biblioteca Arús, el 7 de octubre de 2003, organizada por el Ateneu Enciclopédic Popular)


Nº7. Extracto, en referencia a la FTRE, de Miguel Amorós (Conferencia dada en la Biblioteca Arús, el 7 de octubre de 2003, organizada por el Ateneu Enciclopédic Popular)  

(...) La táctica de la FTRE puede calificarse de legalismo y burocratismo completos. Aprovechamiento de todos los medios legales, rechazo de la acción al margen de la ley, consideración de la acción como el ejercicio de un derecho y de las reformas como un avance, Condena de la violencia -El progreso es la enseñanza, no la vio1encia- y de cualquier alteración del orden: las huelgas, por ejemplo, habían de someterse a una reglamentación tan complicada que en la práctica eran imposibles, Se buscaba una mejora gradual de las condiciones económicas mediante la práctica de la legalidad, las cooperativas y los contratos de aparcería, sin descartar las alianzas con partidos para defender la libertad, y sin desdeñar el concurso de toda persona culta de origen burgués. Con lo cual no resultará extraño que la nueva organización se abstuviese difundir las conclusiones, contrarías a su proyecto, del Congreso de Londres. La política demoledora de la FTRE, inspirada en el Progreso con mayúscula, sería tan variable como lo permitan las circunstancias y las necesidades lo exijan, en realidad pretendía la restauración de las condiciones políticas de la Primera República, es decir, de la legalidad burguesa más favorable, desde donde conseguir reformas escalonadas. Propugnando la modificación de las condiciones económicas del proletariado a través de leyes, y desolidarizándose de cualquier movimiento revolucionario e incluso de las víctimas de la represión, confesaba no aspirar a poner fin al dominio burgués, sino a jugar el papel de la socialdemocracia. La contradicción con el anarquismo proclamado en los estatutos era aparente, puesto que se trataba de un anarquismo solamente formal. Separado del pragmatismo alimentario de las luchas obreras, era un ideal confeccionado lejos de la clase y enseñado por intelectuales adheridos a la organización. No constituía como en tiempos de la Internacional el resultado de la práctica obrera cotidiana, la cristalización de su experiencia social, sino el producto de la especulación de unos ideólogos. Los legalistas fueron los primeros en separar teoría y práctica, relegando el anarquismo al estatus de filosofía.


Tanto el reformismo de la FTRE como el retroceso revolucionario de la clase trabajadora, favorecieron el desarrollo de un anarquismo burgués, que se colocaba por encima de las clases, Las ideas bakuninistas fueron abandonadas, rompiéndose precisamente los puentes con la filosofía, con la historia y con la dialéctica. La crítica bakuniniana de la cultura burguesa y del fetichismo de la ciencia fue ignorada olímpicamente, y se echó mano de pensadores burgueses como Büchner, Comte o Rousseau, con el objeto de inventar una ideología positivista que pasara como anarquismo. Ésta no divisaba en el proletariado ningún movimiento específico ni ninguna iniciativa histórica, y buscaba en el cientifismo, en el optimismo antropológico y en la propia naturaleza, las leyes sociales creadoras de las condiciones materiales de emancipación. Para estudiar la cuestión social habla que hacer como los entomólogos cuando estudian a las mariposas, es decir, tratarla como un hecho biológico. Obviando la determinación histórica de la sociedad -y de los individuos que viven en ella- y desconociendo la relación entre la producción de medios de vida y las formas de organización social, la nueva ideología libertaria concebía los hechos sociales como resultados de leyes naturales interpretables por la ciencia. Estas leyes eran eternas; para llegar a la anarquía era necesario tan sólo descubrirlas y dejar que la sociedad se dirigiese por ellas. La anarquía no era otra cosa que la naturaleza gobernándose según sus propias leyes, reducibles todas a una: la ley del progreso, El progreso y la libertad eran pues sinónimos. Con independencia de la voluntad de los individuos, el progreso implicaría el desarrollo social hasta desembocar por ley natural en la anarquía. La creencia eminentemente burguesa en el progreso era tan fuerte que para un ideólogo como Mella la revolución era simplemente el final de la evolución, proceso que se daba tanto en la sociedad como en la naturaleza, en la historia, en la moral o en el arte. Revolución y evolución eran realidades convergentes. En definitiva, se trataba de un anarquismo vulgar que idealizaba el desarrollo económico y social de la burguesía y que correspondía, como un guante con la mano, al reformismo perpetrado por la FTRE. La distancia entre la burguesía real y la ideal era tan enorme que permitía que un liberalismo filantrópico de cuanta categoría pasara por anarquismo del auténtico (...)

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